Después de un día divertido en la plaza de Carapachay, junto al Oso y su hijo, Juan, empezamos a caminar con las bicis al lado. El Oso no tenía bici para llevar a Juan, así que caminnábamos, intentando salir del centro capachense, cosa difícil, porque acá en Buenos Aires los buenos modales automovilísticos no son como los de Colonia, ni aunque estés en muletas, con un nene a upa.
Una vez que pasamos la vía, teníamos que doblar a la izquierda, y un auto que podría habernos dejado pasar, no lo hizo, y yo - que soy boca sucia e impulsiva - le dije: ¡GRACIAS, PELOTUDO!
Caminamos un poco un más, mi pepi estaba subido en la parte trasera de la bici.
Llegamos a una boca calle donde ocurrió el milagro: un auto blanco frenaba para dejarnos pasar, y cruzamos, yo y el Oso le dijimos "GRACIAS!", pero mi pepi le dijo: ¡GRACIAS, PELOTUUUDOOO!
No entendió cómo era...
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